Columna de Opinión / Creo que nunca un 7 me voy a sacar

La presente columna, en el contexto del pasado Día de la Niñez, invita a mirar “Nunca un siete me voy a sacar” desde una perspectiva educativa, más allá de la nostalgia, para reflexionar sobre cómo las expectativas y etiquetas de los adultos pueden influir en las creencias que los niños construyen sobre sus propias capacidades. 


Este Día de la Niñez quiero invitar a los adultos, especialmente a quienes educamos, a escuchar Nunca un siete me voy a sacar de 31 minutos. Al hacerlo, sitúate no desde la nostalgia ni desde la risa, sino desde la posición de profesor. Y es que detrás de una frase que parece inofensiva se esconde una pregunta mucho más profunda: ¿qué tiene que ocurrir para que un niño llegue a creer que nunca será capaz de alcanzar la nota máxima? La canción suele interpretarse como la historia de un niño al que solo le interesa bailar. Sin embargo, en realidad habla de una creencia sobre sí mismo. 

La psicología ha demostrado que los estudiantes desarrollan creencias respecto de sus capacidades, las que influyen en la forma en que enfrentan los desafíos. Cuando un niño llega a convencerse de que "no puede", deja de ver el esfuerzo como una oportunidad para aprender y evita aquello que podría hacerlo crecer.

La invitación tampoco es a abandonar los aprendizajes fundamentales, porque un estudiante tenga otros intereses. El desafío es justamente el contrario: ayudarle a descubrir por qué vale la pena aprenderlos. Cuando somos capaces de conectar las matemáticas, el lenguaje, las ciencias o las artes con aquello que mueve a un niño, esos contenidos dejan de ser una exigencia escolar y comienzan a adquirir sentido para su proyecto de vida.

En las escuelas es frecuente escuchar frases como "no quiere aprender" o "no le interesa estudiar". Y así, sin querer, terminamos atribuyendo el problema únicamente al estudiante y dejamos de preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para despertar su curiosidad y conectar los aprendizajes con su propósito de vida.

La canción también interpela la forma en que miramos a quienes no responden a nuestras expectativas. El protagonista dice que el médico le atribuye un problema de salud, el cura cuestiona sus valores y el director simplemente quiere expulsarlo. Ninguno parece preguntarse qué necesita ese niño para desarrollarse. Cuando etiquetamos antes de comprender, dejamos de ver personas y comenzamos a ver problemas.

Quizás el mayor desafío de quienes educamos no sea lograr que todos los niños obtengan un siete, sino que ninguno llegue a creer que nunca podrá hacerlo. Antes de que exista una nota, existe una creencia. Y antes de ella, casi siempre hubo un adulto que con sus palabras o expectativas ayudó a construirla. Este Día de la Niñez, escuchemos esta canción con responsabilidad. Tal vez descubramos que habla menos de ese niño y mucho más de los adultos.

Claudio Navarro

Asesor en Enseña Chile

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