Columna de Opinión / El agua de la llave también debería tener etiqueta

En esta columna, María José Terré, directora ejecutiva de WATERisLIFE, plantea la necesidad de conocer mejor el agua que consumimos, desde su origen y composición hasta los controles de calidad, proponiendo información clara y accesible para cada comunidad.


Abrimos la llave y ahí está. Llenamos un vaso, lavamos una fruta, cocinamos o nos duchamos. El agua forma parte de nuestra vida de una manera tan automática que rara vez nos detenemos a pensar qué estamos tomando, de dónde viene o qué ocurrió antes de que llegara hasta nuestra casa.

Durante años he trabajado para que otras personas puedan acceder a agua segura. Paradójicamente, desde que comencé a formarme como sommelier de agua, descubrí cuánto desconocemos sobre ella incluso quienes trabajamos todos los días en este ámbito.

Aprendí que el agua no es simplemente agua. Su composición cambia según su origen, el territorio que atraviesa, los minerales que incorpora y los tratamientos que recibe. Dos vasos pueden verse exactamente iguales y, sin embargo, tener una historia, un sabor y una composición completamente distintos.

En Chile confiamos en que el agua de la llave es potable. Y hacemos bien: contamos con normas, procesos de tratamiento, fiscalización y controles de calidad. Pero confiar no debería significar beber a ciegas. Deberíamos poder saber, de manera clara y sencilla, qué contiene el agua que consumimos todos los días.

La discusión sobre la fluoración, que cada cierto tiempo vuelve a instalarse en Chile y en otros países, es un buen ejemplo. El debate suele reducirse rápidamente a dos posiciones: quienes defienden sus beneficios y quienes advierten sobre sus posibles riesgos. Entre ambas aparece una avalancha de cifras, estudios, sospechas y opiniones que muchas veces confunden más de lo que informan.

Pero antes de decidir si el flúor es “bueno” o “malo”, deberíamos entender de qué estamos hablando.

En Chile, la norma técnica publicada por el Ministerio de Salud establece una concentración de 0,8 miligramos por litro para aquellos sistemas de agua potable en los que la autoridad sanitaria ha dispuesto adicionar flúor. También establece rangos de control diarios, mensuales y anuales, y determina que ninguna muestra individual puede superar los 1,5 miligramos por litro.

Esa distinción es importante: 0,8 miligramos por litro corresponde a la concentración que deben mantener los sistemas que realizan fluoración. El valor de 1,5 miligramos por litro no es una meta ni una concentración óptima, sino el máximo permitido para una muestra individual y coincide con el valor guía establecido por la Organización Mundial de la Salud para el agua potable.

¿Por qué importa tanto la cantidad? Porque el flúor puede ayudar a prevenir las caries, especialmente a nivel poblacional, pero una exposición excesiva y prolongada puede producir fluorosis dental, una alteración del esmalte que se desarrolla principalmente mientras se están formando los dientes. No se trata, entonces, de pensar que mientras más flúor exista, mejor. Se trata de mantener una concentración controlada que permita obtener un beneficio sin aumentar innecesariamente la exposición.

También es importante saber que la presencia de flúor no significa necesariamente que haya sido agregado. El fluoruro puede encontrarse naturalmente en el agua debido a las características geológicas del territorio. Cuando un sistema realiza fluoración, en cambio, lo adiciona mediante instalaciones autorizadas y sometidas a controles sanitarios.

Todo esto demuestra que decir simplemente “el agua tiene flúor” aporta muy poca información. La pregunta correcta es cuánto contiene, si está presente naturalmente o fue incorporado, cómo se mide y si se mantiene dentro de los rangos establecidos y lo mismo ocurre con muchos otros elementos.

El agua puede contener calcio, magnesio, sodio, bicarbonatos y otros minerales que influyen en su sabor y características. También existen parámetros microbiológicos, químicos y físicos que determinan si es segura para el consumo. Algunos componentes forman parte natural de su identidad; otros deben ser controlados o removidos durante el proceso de potabilización. Una cifra aislada, sin contexto, puede alarmarnos innecesariamente o entregarnos una falsa sensación de seguridad.

La información existe, pero para la mayoría de las personas permanece dispersa entre informes técnicos, normas sanitarias, sitios institucionales y documentos difíciles de interpretar. No deberíamos necesitar conocimientos de química ni horas de búsqueda para entender el agua que llega a nuestra casa.

Así como revisamos la etiqueta de un alimento para conocer sus ingredientes y su información nutricional, deberíamos tener acceso a una especie de cédula de identidad del agua de nuestra comuna: de dónde proviene, qué características tiene, qué tratamientos recibe, cuáles son sus principales componentes y qué muestran los controles de calidad más recientes.

No imagino una etiqueta pegada en cada llave. Podría bastar con un código QR en la cuenta del agua o una plataforma sencilla donde cada persona ingrese su dirección y encuentre información actualizada, comprensible y territorialmente relevante. No solo una tabla llena de números, sino también una explicación de qué significa cada valor, cuál es el rango permitido y por qué se mide.

Esa información tendría que estar disponible también para los sistemas rurales y para aquellas comunidades que se abastecen mediante pozos, vertientes u otras fuentes. Porque precisamente donde existen menos capacidades técnicas y menor acceso a información es donde conocer la calidad del agua puede resultar más importante.

No propongo que desconfiemos del agua de la llave. Al contrario. En Chile tenemos el privilegio de contar, en gran parte del territorio, con agua potable de buena calidad, y deberíamos valorarlo mucho más. También deberíamos preferirla, cuando su seguridad está garantizada, antes que comprar agua transportada desde miles de kilómetros de distancia, envasada en plástico y vendida a un precio muy superior.

Pero la confianza pública no se fortalece pidiéndoles a las personas que no hagan preguntas. Se fortalece entregando respuestas claras, datos accesibles y controles transparentes.

Conocer el agua que bebemos no debería provocar miedo. Debería despertar curiosidad, valoración y responsabilidad. Porque cuando entendemos de dónde viene, todo lo que se necesita para hacerla segura y el privilegio que significa abrir una llave y encontrarla, también comprendemos mejor por qué debemos cuidarla.

No necesitamos convertirnos en químicos para tomar un vaso de agua. Pero sí deberíamos tener derecho a conocer su historia. El agua de la llave también debería tener etiqueta.

 

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